viernes, 4 de febrero de 2022

 



El muro

 

Conocí a Pánfilo en la playa de Tijuana, lleva tres meses intentando cruzar la frontera.  Él quiere estar allá; dejar la pobreza. Mientras tanto, abrazado a los barrotes carcomidos por la humedad salina, no le queda más que sostener la mirada en el lado americano.

 

Su cuerpo escuálido cabe perfectamente entre los barrotes. Y mientras los golpea con tres monedas chinas atadas a una cinta roja y observa el horizonte imagina cruzar; ese es el sueño que Pánfilo ha abrigado desde que salió de su hogar.

 

–Hoy en la noche me voy –Vuelve de su abstracción Pánfilo –. Voy a intentarlo cerca de Tecate.

 

Aquí no fue posible cruzar. Se ha dado cuenta que aquí así es la frontera. Un muro. Patrullas. Narcotraficantes y asaltantes.

 

Pánfilo de pocas palabras, voltea a ver de nuevo las siluetas grises de los edificios que despuntan allá al fondo. Suspira y separa los brazos de los barrotes por los que antes metía la cabeza.

 

–Lo tengo decidido y mejor me voy yendo.

 

Pero no logra irse, se queda sentado en una banca con la mirada fija otra vez en aquellas puntas de concreto y sin prestar atención cuando me siento a su lado. Aprovecho para proponerle que crucemos juntos.

 

Aunque duda, por alguna razón acepta y nos vamos. Por la tarde llegamos a Chula Vista. Terracería y más terracería durante horas, hasta topar con el muro. Algunos huecos en la muralla indican que han intentado pasar por ahí, pero pronto del otro lado de la valla aparece la todoterreno de la patrulla fronteriza.

 

Por ahí no es posible, entonces nos dirigimos al cerro y avanzamos por un camino ondulante entre piedras. Es un paraje inhóspito. Al llegar a la cumbre la realidad cae de golpe. En frente hay un cerro de piedra. Y luego hay otro, y otro, y otro más… ¿y la carretera?

 

Después de subir y bajar pendientes la noche nos alcanza antes que nuestro destino. Pánfilo corre hasta llegar a la última escarpada. Escucho sus impetuosos pasos y quiero advertirle que aún falta demasiado sendero para alcanzar la carretera, que todavía está cerca la patrulla fronteriza y que no se fíe del silencio ni de la noche ni de la niebla; pero de la boca sólo me sale la esperanza en forma de suspiro.

 

Desde la hondura no puedo ver sus ojos perderse en el infinito ni escucho el tintineo de sus tres monedas que durante el camino fue jugueteando entre sus manos. Al subir la cuesta me recomienda que no me atrase porque el camino podría traicionarnos, pero lo hago. Mi fuerza y ánimo se agotan. Me siento a descansar. Luego vuelvo a caminar y el silencio me acompaña hasta la cima. Ya no veo a Pánfilo. Apresuro el paso para darle alcance, estoy confundido al ver tanta oscuridad y de sentir el silencio inacabable que se extiende hasta la línea invisible del horizonte.

 

Quiero gritarle que espere el amanecer, que la noche, aunque parece interminable, habrá de disiparse, que no corra, que sólo se cansará; pero las palabras no pueden enfrentarse al silencio. Siento hundirme y formar parte de la noche. Busco a tientas alguna roca para sujetarme, para decirme a mí mismo que la oscuridad no es indefinida.

 

Él regresa a ayudarme. Siento su respiración cerca de la mía y nuestros latidos confundirse. Me ofrece sus monedas chinas de la suerte, las rechazo y agrego con un leve hilo de voz alejándose sin remedio, que si espera el amanecer podríamos llegar a la carretera, que la niebla ya empieza a elevarse; pero en ese instante percibo pasos alcanzando la cima y el jaloneo de perros sujetados con correas. Aun así, el silencio parece ganarle a los ladridos y a las indicaciones de los hombres.

 

Pánfilo se levanta y exige que continúe bajando. Le pregunto por qué regresó tanto terreno, por qué no me dejó allá arriba a merced de la noche, de los pasos equívocos y de mi torpeza, pero él no contesta, apresura el paso a pesar de las piedras y de la quebrada que es develada por una tenue claridad cuando la bruma desaparece.

 

Por lapsos la tierra es alumbrada por las linternas que provienen de la cima y el silencio es quebrado por las voces anunciando que nos tienen cerca. Las linternas se apagan y los pasos se detienen. Sólo Pánfilo continúa bajando, las piedras laceran los pies y sus pasos se hunden en la tierra. Resbala dos, tres veces. Los espinos de los matorrales rasgan su piel.

 

Amanece. Los perros ladran dejando caer espumarajos. Las correas son soltadas y siento su aliento tras de mí. Falta poco para que Pánfilo llegue a la carretera, para que la tristeza sea borrada de sus facciones y sus días de pobreza terminen. Vuelvo a caer y quiero ser un muro que detenga a las bestias, pero una escapa siguiendo la huella de Pánfilo.

 

Me doy por vencido, a él lo veo a lo lejos entre la bruma. Siento el trote marcial de aquellos que bajan, desperdigando las piedras y levantando polvo. Se detienen frente a mí, minutos después el segundo perro regresa ahogándose y gimiendo de dolor, del hocico le cuelga baba y una cinta roja con una moneda china. Sonrío. Puedo sentir la felicidad de Pánfilo, lo veo correr por la carretera hasta que se pierde como un puntito imaginario en la línea del horizonte.

 


jueves, 6 de enero de 2022

 



El Inmortal de Jorge Luis Borges tal vez sea el cuento que más disfruto y sin duda es el que he leído en más ocasiones. Quise darle otro destino a Flaminio Rufo. Aunque los que conocen el cuento saben que el protagonista puede ser Homero.


El Inmortal

No importa que me juzguen fantástico por lo que voy a contar, tal vez mi precaria memoria pueda contaminar rasgos, pero no los hechos. Ya son muchos siglos en busca de las aguas que curan la inmortalidad, en cada caudal de agua he repetido hasta el vértigo el ritual de sumergirme para obtener lo irrecuperable, la mortalidad.

Una mañana cabalgué hasta desmontar en las estribaciones de una montaña cubierta por neblina. Le di unas palmaditas al caballo sudoroso antes de atarlo en unas raíces excretadas de la tierra como nervios impíos sobre la hojarasca.

Respiré profundo y me enfilé hacia un claro en cuyo fondo se ostentaba un ojo de agua que vibraba con el aire. Me quité los atavíos y quedé desnudo y miré lo que antaño fue un cuerpo poderoso y ahora esquelético y cubierto de pellejos lamentables.

Inhalé con fuerza y se zambullí.

Ya dentro supe que estaba condenado de repetirme hasta el vértigo. También entendí que la suciedad física y espiritual que cargaba se desvanecía, pues mi piel y mi mente recuperaba juventud, aunque ya nada fuera nuevo o azaroso.

Salí del agua para emprender mi búsqueda, volví la vista atrás para observar que dejaba improntas de mi aura en el agua a cambio de vitalidad renovada.

Movido por la costumbre me había sumergido en aguas que curan a los hombres de la muerte y encontré algo que ya poseía en mi interior y que lo demás asumía la ligereza del polvo que el viento barrió.

 


lunes, 4 de octubre de 2021



Caballo de Troya

El viejo Fulgencio cuidaba un hato de ovejas que buscaban hierba en la aridez del suelo cuando vio un punto luminoso que se impactó con la superficie dura de la tierra levantando una nube de polvo y fragmentos de roca y de minerales extraños.

Se restregó las orejas con sus manos ásperas pues sintió que le habían reventado. Cerró y abrió varias veces los ojos para limpiarlos del polvo y se dispuso a reunir a su ganado que corrió espantado por el ruido de la colisión del objeto. Cuando tuvo bajo control a sus animales regresó al sitio de impacto para atestiguar que en realidad se trataba de una nave alienígena que se disolvía goteando como las candelas de cera de su casa. Lo que más impresionó a Fulgencio fue ver a un ser de cuerpo endeble y gran cabeza que albergaba un cerebro poderoso. Era el único sobreviviente del aterrizaje fallido, pero no por mucho tiempo pues la vida se le escapaba por una herida en el costado por donde emanaba un líquido amarillento.

El viejo pastor quedó confundido no tanto por la increíble letanía de raigambre matemática que sonaba en su cabeza y no entendía, más bien porque el ser no tenía boca para mascullar palabras. El alienígena sabía del pobre razonamiento de los habitantes del planeta que visitaba, instruirlos era el objetivo de su misión. Lo que no estaba en sus planes era el accidente que modificaba la estrategia de contacto con los habitantes del planeta. Su condición de moribundo le obligaba a entregar la información al único terrícola que contactaron, así fuera un ignorante cuidador de especímenes irracionales.

De modo que el extraterrestre incrustó en el cerebro de Fulgencio imágenes del avance tecnológico que venían a ofrecer. Fue así que el viejo vio un electroencefalograma intercraneal para registrar la actividad electrofisiológica de pacientes con epilepsia. Vio el resurgimiento de un Ritmo Gamma de 44 hertzios elevado hasta 100 en el hipotálamo a causa de la zozobra de la memoria. Vio docenas de Universos Burbuja con sus propias constantes físicas, conformados por la energía del espacio vacío de origen cuántico. Vio amables robots cognoscitivos a punto de ser desenchufados. Vio una Interfaz Neuronal, constituida por una venda con electrodos que permitía al pensamiento puro determinar los movimientos y acciones de los ‘avatares’ virtuales de la Segunda Vida. Vio unos metamateriales que refractan la luz y vuelven invisible lo que rodean mientras generan un túnel electromagnético como agujero de gusano para todas las frecuencias de ondas. Vio un binocular que combina óptica y encefalograma para detectar la actividad de las ondas cerebrales del enemigo, junto a cierto avión que aprovecha las ondas expansivas de su propio vuelo para darle aire comprimido al reactor. Vio insectos espía y abejas que detectan explosivos. Vio robots exterminadores autómatas con una armadura transparente de aluminio capaz de resistir proyectiles iracundos. Vio el Homúnculo Sensorial, la imagen antropomorfa modelada por la conciencia donde el cerebro era abatido por el burbujeo de la sangre. Vio ‘El Daleth’ al derecho y al revés… y lo único que le resultó familiar fue cuando vio la versión ancestral de sí mismo metido en un caballo de madera: su otro yo esperaba la orden de Odiseo para salir a atacar a los troyanos…

El ser confesó que su hábitat era constantemente asediado por una civilización superior para tomarlos como mascotas o esclavos. Mencionó que esos seres no tenían ninguna semejanza con la especie Homo. Explicó que se trataba de especímenes no orgánicos, pues desde el punto de vista humano ningún ser viviente se conformaba de los metales que los constituyen. 

Los seres son un tipo de armazón autómata que toma formas eficientes para su desplazamiento entre cuyos intersticios moleculares se dispersa el flujo de conciencia de lo que se podría denominar vida: el remanente orgánico sirve como pegamento de las nanopartículas y podría considerarse como “Pura Conciencia” apenas adherida a la materia.

Por último, el extraterrestre cerró los ojos que se conformaban de cientos de granitos iridiscentes y le tendió con su postrer soplo de energía un disco de brillo metálico que contenía los conocimientos para desarrollar una civilización superior.

Lo que ocultó el alienígena fue la verdadera intención de su misión: Otorgar conocimientos a la primitiva civilización de los terrícolas que les permitiera desarrollar su intelecto y resultaran atractivos a los seres metálicos, pues además tienen la ventaja de que se reproducen con facilidad y no son solidarios con las pérdidas ajenas.

A Fulgencio le pareció que toda esa retahíla de cuentos solo era producto de la insolación y de la condenada cruda que le provocó el consumo excesivo de pulque en la víspera. De modo que hizo lo que todo buen cristiano debe hacer, dio sepultura amontonando rocas sobre el cuerpo y los restos de la nave. También depositó con negligencia el disco bajo el brazo inerte del ser.

Poco después se arrepintió… pensó que el disco metálico podría tener alguna utilidad, de modo que retiró unas cuantas piedras y extrajo el objeto, lo examinó, lo puso a prueba en el fuego y determinó que era bueno para calentar sus tortillas.


jueves, 9 de septiembre de 2021

 


Lo que el viento se llevó

 

El viento impetuoso se empeña en modificar la topografía ondulante de las arenas del desierto arábigo. No parece consentir las formas angulares de las casas de campaña de una caravana y emprende su fuerza contra ellas.

Alojado en la más opulenta, el viejo Al Rashid se dispone a escuchar con mansa actitud la lectura de su joven esposa. El velo que cubre su rostro deja a la vista las marcadas cejas y los ojos sugerentes. El brillo que emite es enigmático; la promesa y la sumisión son ideas aproximativas de ese destello. El viejo le indica que no es necesario que use su shayla verde, ella lo retira de su rostro y levanta la mirada con poderosa lentitud que lo subyuga, pero es el lunar de obsidiana que ella tiene clavado junto a la boca el que le hace perder la voluntad. De modo que posa sus labios allí con la misma devoción con que besa el Corán, con la preeminencia de acceder a un paraíso más tangible e inmediato.

Tras minutos de escuchar la voz armoniosa de su esposa con que va narrando la trama, Al Rashid duerme y continúa la historia en sueños. Por tanto, no puede enterarse de los estragos que suscita el viento en la vasta noche: la puerta de su Jaima revolotea, a poca distancia enreda dos figuras con la muselina del atuendo de la doncella y le arrancó su shayla que vuela a su arbitrio para dejar al descubierto un lunar de ubicación seductora.

lunes, 14 de junio de 2021

 


Perseverancia del pasado

Ocurrió en la época cuando la humanidad dejó de evocar recuerdos. Yo era casi un niño cuando eso pasó. Hicieron que nos desarraigáramos del pasado en favor del presente, en donde todo se volvía nuevo y único.

Para recordar la sustracción de recuerdos que aquella generación padeció se construyó en cada capital un Museo de la memoria perdida. El de Praga exhibe una de las máquinas que producía un sonido de alta frecuencia apenas perceptible al oído humano. Ese zumbido se convirtió en el nuevo silencio y fue el causante de provocar la desconexión entre la memoria de corto y largo plazo.

La mayoría de museos contienen objetos personales que eran utilizados para recordarse cosas simples, como los nombres de los familiares, de las mascotas, o los deberes del hogar. Los nombres propios se los recordaba un celular que también les indicaba el lugar de su trabajo y la ruta a seguir.  Hay algunos diarios que recogían los avatares del día a día. Su memoria de papel.

El museo de la Ciudad de México exhibe un documento diferente, de importancia capital en mi pasado. Se trata de la carta que un niño escribía a su padre. El pequeño no tendría más de doce años y por alguna razón no había sido afectado por el “zumbido” y mantenía sus incipientes recuerdos, es posible que él no fuera el único, pero él tenía el prodigio de encontrar los recuerdos extraviados entre la bruma oscura de los cerebros de los demás con tan solo ver a los ojos a las personas.

Llegué al museo con el deseo de encontrar algo de mí, me animaba el presentimiento de que se tratara del mismo niño que me dio el único anclaje con mi pasado. Con entusiasmo leí en la tarjeta que él había vivido en el mismo lugar que yo.

Lo primero que imaginé al leer el inicio de la carta fue que escribía a un padre que ya no recordó como regresar a casa, pero el final es esclarecedor; muestra una verdad menos consoladora para ambos.

“Papá te escribo para que sepas de nosotros y yo de ti si algún día el zumbido también se lleva mis recuerdos. Si estuvieras aquí, todo sería más fácil…”

En las primeras líneas no hay ninguna sorpresa, son los deseos limpios sin amaños ni acomodos de un niño.

“Hoy en el parque vi a un señor que tocaba la flauta, me quedé a escuchar y me invitó a intentarlo, mis dedos son gordos y torpes, no pude. Entonces caí en cuenta de que algunas cosas no las olvidan, como tocar música, leer, escribir o fumar. Por fortuna mamá no olvida hacernos mimos.

De a poco nos entera como vive entre los olvidos de los demás. Y de pronto devela su talento:

“Te cuento un secreto, cuando miro a los ojos a alguien la cabeza me burbujeas como una gaseosa y veo sus recuerdos y puedo hacer que ellos los recuerden también; a mi hermanita Lily que ya tiene nueve años todos los días le ayudo con su memoria, a mamá también, pero no mucho porque si intuye que soy yo se asustaría…”

Mantiene la inocencia y, sin embargo, procura que su familia sea feliz. La felicidad era lo más reaccionario en un mundo de nostalgia por un pasado que no recordábamos.

“El otro día llovió por la tarde y ni Lily ni mamá recordaban la lluvia. Mi hermanita y yo chapoteamos en los pequeños charcos que se formaban en el césped, nos divertimos mucho. Mamá también estuvo feliz, se asomaba detrás de la ventana con una taza de café que se enfriaba en sus manos, la humedad y el vapor del café empañaron los vidrios; entonces deslizó el dedo sin figurar nada y fue ahí cuando le gravé tu nombre y lo escribió, sonrió y se vio más bonita”.

Sin saberlo, no tenía que saberlo, nos revela que aquello que llaman memoria del cuerpo se mantuvo inalterada, al menos en su madre:

¿Sabes papá? Aunque mamá no sabe de ti, en alguna parte de ella te recuerda porque por las noches sale a fumar y piensa en blanco, tal vez buscándote en alguna parte de su cabeza, y se abraza y estremece. Si alguna vez todos se curan de este mal, regresa a casa, aquí todos te amamos, estoy seguro.

Leí con emoción desbordada la descripción de nuestro encuentro:

En una ocasión encontré a un joven que mantenía en sus manos una fotografía; en ella aparecía un hombre con las manos embutidas en los bolsillos del abrigo, una mujer también guardaba su mano derecha en el abrigo del hombre y en la otra mano llevaba a un niño que los miraba con admiración. Intenté recobrar ese momento en su memoria, pero estaba vacío de recuerdos, busqué en lo más profundo de su mente y no encontré nada y me dio miedo el abismo que era su interior. Entonces tomé una decisión y volví a sentir miedo y frio y después calor y felicidad y otra vez… miedo… por la decisión que había tomado: incrustar un recuerdo que no le pertenecía, tal y como me metí tu recuerdo...

Toda la escala de nuestra experiencia emocional está cargada de recuerdos y aunque no son precisos son nuestra única realidad y los que yo tenía de mi pasado no eran reales. Sin saber quién fui, ahora no puedo saber quién soy.

 

 

900 palabras sin incluir el título.


domingo, 9 de mayo de 2021

 


Paradojas

Aún con todas sus extrañezas y fobias él es el hombre que amo.

Nuestros primeros contactos fueron por internet, y sí, fue en ese mundo virtual que encontramos nuestra verdad. A través de ese medio la distancia nos acercó. Sé que en las redes sociales se disfraza la verdad, pero nuestra identidad digital era congruente con lo que somos.

Nos contamos generalidades como que él es el hijo primogénito de un matrimonio humilde que vive en constante incertidumbre en un barrio de narcotraficantes donde lo único seguro es la inseguridad. Tampoco ocultó su nombre tan peculiar: Segundo Quebranto y los más importante, nos confesábamos intimidades; me contó sus temores e ilusiones.

Todo parecía acomodarse conforme a nuestros deseos. Invadidos de entusiasmo decidimos casarnos. Sabía que Segundo Quebranto sería mi única felicidad. Quien iba a imaginar que a la hora de estampar nuestras firmas frente al juez que nos uniría fue los que nos separó. No haberle dicho que mi apellido era Alegre fue un pequeño detalle de enorme importancia. Una omisión que sumó desconfianza y mientras más aclaraba más se ensombrecía todo.

Ver el acomodo de nuestros nombres unidos era una expresión paradójica, era hacerme feliz y desgraciada al mismo tiempo. él me convirtió en la señora Alegre de Quebranto y nuestros hijos estarían estigmatizados por sus apellidos: Quebranto Alegre.

Antes de alejarse me miró un instante de esa forma que dura para siempre en la memoria, porque vi la sonrisa mas triste que he visto en mi vida.


250 palabras sin título.


Como podrán haber constatado acudo a una fobia inventada, o eso creo, para asistir a esta convocatoria. La paradoxafobia sería el temor a las paradojas.


sábado, 3 de abril de 2021

 


El beso de la muerte

Soy hombre habituado a los principios científicos de experimentación y comprobación, alejado de dogmas y a prudente distancia de supersticiones y de eventos sobrenaturales. Esta determinación es conocida de sobra por mis amigos quienes en muchas ocasiones han puesto a prueba mi incredulidad y temple.

Se cuenta que la plaza de las Tres Culturas es un lugar mágico, en el que no es necesario realizar ninguna invocación esotérica para usurpar los misterios a la noche. Es en este lugar donde mi amigo Raúl me ha arrastrado con la promesa de no volver a involucrarme en estos tópicos.

Corre un aire frio que me arranca el último girón de esperanza del vértigo de lo sobrenatural, de modo que fastidiado me despido de mi amigo, estoy por marcharme con mis creencias intactas, pero me detiene la formación de un remolino frente a nosotros. El polvo se enrosca junto con unas hebras luminosas que, al perder ímpetu en lugar de desvanecerse en el aire, conforman sin prisa ante nuestros ojos una figura inconexa e ingrávida.

Aunque perplejo, no pierdo mi capacidad de observación y puedo afirmar que sus movimientos tienen la armonía y el atractivo del aura boreal, intento proclamar mi asombro, pero me arranca del piso. Tiemblo. Herido en mi orgullo de hombre valiente, concentro todo mi esfuerzo para proferir imprecaciones de baja ralea, pero sus ojos huecos adormecen mis sentidos y solo queda la sensación de caer al vacío… Recupero conciencia por el dolor inmenso en la espalda, mis pulmones demandan oxígeno pues el golpe los comprimió expulsando todo el aire, tras un breve momento de desorientación, descubro que estoy sumergido en agua, ¿hacia dónde nadar para alcanzar la superficie?, caí de espalda, es evidente, pero pude haber girado dentro del agua, afortunadamente mi hábito de razonar mis actos me rescata de la vacilación, fuerzo mi cuerpo a una posición horizontal y espero a que mis pies desciendan, son más densos que mi torso. Al sentir la diferencia establezco la dirección, llego a la superficie e inhalo tanto aire que surge un bramido de mi garganta.

El olor putrefacto característico de animales en descomposición me sugiere que estoy en aguas estancadas y a ras o por abajo del nivel de tierra, sólo así se explica que cayeran al estanque. Desplazo mi mano extendida sobre la superficie en busca de algo sólido, la oscuridad es impenetrable, tiento un objeto redondeado, lo palpo para delinear su contorno y con horror descubro que se trata de una calavera, estoy a punto de soltarla, pero no estoy para sensiblerías, la necesito para localizar algún margen. Al lanzarla, para conocer mi entorno, no imprimo mucha fuerza que me sumerja a reacción, mi expectativa es que golpee a otra superficie que no sea agua, y no tengo suerte. Encuentro otro objeto y realizo un segundo lanzamiento en sentido contrario, ¡eureka! el madero se estrella con alguna estructura metálica.

Nado en esa dirección y algo de gran tamaño cae no muy lejos de mí. Cauteloso me mantengo inmóvil y después de instantes de angustia escucho el chapoteo que se ejecuta al intentar mantenerse a flote, sin determinar si es un animal o un ser humano me aventuro a llamarlo.

¿Se encuentra bien?

El chapoteo se intensifica y deduzco que es un animal que perturbé aún más. El ruido cambia, parece una riña.  Una luz intensa violenta la noche y me devela la imagen incorpórea que levantaba a Raúl. Oscuridad. Aparece una segunda luz para mostrar el espectáculo más horrendo, a través de una oquedad que figura ser una boca se prende a la de Raúl y no puedo suponer que quiera revivirlo, ¿Qué vida puede aportar ese ser?, por el contrario, succiona hilos vitales. Me paralizo, pero qué puedo hacer ante ese poder sobrehumano, y, sin embargo, emito penosos alaridos y golpeo el agua para distraerla… es infantil esperar que con esa acción libere a mi amigo, la luz desaparece y presiento que soy el próximo.

Surge aluzando una escalera con pasamano que significaba mi salvación, pero se sitúa frente a ella, volteo en otras direcciones y la oscuridad es total, sin más opción regreso mi vista hacia el área iluminada y veo flotar diferentes esqueletos y también un sutil movimiento de su manto para invitarme a cruzar, nado lento para retardar el encuentro pues aún dudo si se trata de una treta, parece dilatar mi agonía. Al estar a tres o cuatro brazadas de ella, levanto la vista y observo la parte superior que no es un rostro humano ni un cadáver, es una masa de gases con gesto de momia, se retira para darme paso y me aferro al pasamanos de la escalera; me impulso para salir y ella posa su oquedad frente a mi rostro y aspira un poco de mi aliento débil y cansado, por el horror me suelto y caigo al estanque. Ella se aleja de la escalera para promover otro intento, pero esta vez espero que repita su conducta y al hacerlo casi me alegro al constatar que, no obstante que me aterra hasta provocar mi muerte, mi intelecto puede dar la última batalla.

Resuelvo morir con una última satisfacción, reaccionar de forma contraria a lo que ella espera… Cuando abre su simulada boca me arrojo hacia ella y le pego mis labios … La luz que emite titila, como si vibrara, y tengo la firme convicción de que me he salvado.